Zenaida Manfugás: La máxima de Cuba.

Por suerte, hoy en día, ser mujer no supone una gran traba para ser pianista. Sin embargo, en la época que le tocó vivir a Zenaida Manfugás está estúpida barrera se tenía muy en cuenta. En el caso de Zenaida, su color de piel también era un handicap importante. Si a esto sumamos las dos dictaduras que le tocó vivir en Cuba (la de Batista y la de Castro) y su vida en el exilio, podemos deducir que la vida de Zenaida Manfugás para triunfar como pianista no fue nada fácil.

Nacida en 1922 en Cuba, se la considera la mejor pianista jamás habida tanto en la isla como en el exilio. Tras años de pelear contra el cáncer, su corazón se paró en mayo del 2012. Su vida fue dura, pero ella fue una gran pianista y una gran luchadora. Como diría su hijo, Zenaida Manfugás fue una auténtica «jugona».

Su carrera no fue fácil. Siempre luchó por superar las trabas de ser mujer y negra para poder consagrarse como la gran intérprete de música clásica que fue. No obstante, además de la música de los iconos pianísticos, también reivindicaba la música de su país. Fue la gran pianista de Ernesto Lecuona, sin duda el mejor compositor cubano para piano. Ambos fueron grandes amigos hasta la muerte de él.

Ya destacando desde el principio, en su concierto debut tocó nada más y nada menos que el Concierto para piano en La menor de Edward Grieg. Edward Roig, director de la banda municipal que la acompañaba, quedó atónito y la invitó a una nueva audición, en la que tocó la Rapsody in Blue de Gershwin. Sin embargo y pese a su talento, seguían negándole la oportunidad de actuar en el Auditorio de La Habana.

Curiosamente, fue un periodista el que logró ayudarla y que obtuviese una beca de estudios en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, donde comenzó en el año 1952. Sus profesores se sorprendían con ella, y no era de extrañar ya que, nada más empezar en el conservatorio, comenzó a dar conciertos por toda España, incluyendo importantes estrenos.

Prosiguió sus estudios en París, y ya de regreso en su hogar natal, el concierto en el Auditorio de La Habana se le siguió resistiendo hasta 1960, año en el que pasó a llamarse Teatro Amadeo Roldán.

A partir de ese concierto su carrera despegó. Fue nombrada profesora del conservatorio Marianao y comenzó a hacer giras por Europa y Asia. Luego, en 1974 se vio obligada a abandonar Cuba, pero durante el exilio actuó como solista con la Orquesta Sinfónica Nuevo Mundo de Miami y trabajó como profesora en el Kean College de Nueva Jersey.

Aunque realizó pocas grabaciones, sus célebres piezas se encuentran recogidas en el doble álbum «Por siempre Lecuona», de 1999.

El reconocimiento en su patria llegó por fin, y en 2010 recibió el gran homenaje que se merecía desde el principio. Para entonces ya estaba luchando contra su fatal enfermedad.

Su última actuación fue al año siguiente en Miami. Allí, una vez más, dijo su célebre frase “Quieran o no quieran, yo pertenezco a la cultura cubana”. Quizás lo hizo ya a sabiendas de que poco tiempo le quedaba.

El legado musical de la artista no continuó en su hijo, fruto de su matrimonio con el empresario gallego Antonio Montes. No obstante, su hijo, Andrés Montes sí que fue una cara conocida en el periodismo deportivo español.

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