Benedetti Michelangeli y la obsesión por la perfección

La mejora continua es una parte fundamental del crecimiento de los músicos. Esa búsqueda de la perfección es un elemento que nos hace crecer como artistas. El problema viene cuando la búsqueda por la perfección se convierte en una obsesión.

Muchos pianistas sufrieron este tipo de obsesión. Una amargura continua de saberse incapaces de interpretar las obras con la profundidad y la perfección con la que suenan en su cabeza.

Quizás, el máximo exponente de esta frustración por no alcanzar la perfección fue Arturo Benedetti Michelangeli. En todas sus interpretaciones, su rostro refleja una profunda amargura, una tensión de quien sabe que las cosas no suenan como deberían.

Al finalizar sus actuaciones, todo el mundo celebraba su excelente interpretación. Bueno, todos menos él. Benedetti Michelangeli jamás acabó un concierto contento con su interpretación. Siempre saludaba de manera educada, pero su rostro permanecía serio y llano de cansancio y casi enfado. Cuando su mujer le preguntaba qué tal había estado el concierto, siempre contestaba lo mismo: «Podría haber estado mejor».

Su relación con los directores de orquesta nunca fue buena, quizás porque los veía tan incapaces como él de encontrar la perfección. Y jamás tocaba una canción de propina durante un concierto. La principal teoría tras este hábito de no tocar propinas es que ya le parecía suficiente castigo cada interpretación realizada, sin tener que añadir más de manera extra y voluntaria.

La educación musical, sobre todo en clásico, ahonda en la búsqueda de la perfección de una manera casi exagerada. A veces, cabe preguntarse si vale la pena toda esa perfección, si con ello sacrificamos nuestro alma como músicos. No cabe duda que Benedetti Michelangeli fue uno de los más grandes pianistas del siglo XX, actuando siempre en los templos más grandes de la música, pero también lo fue, por ejemplo, Bebo Valdés y pasó 30 años tocando en pequeños locales de Noruega, sin renunciar a su alegría.

No se trata de comparar un pianista con el otro. Probablemente, tampoco podamos hacer una elección consciente sobre cómo plantearnos nuestras interpretaciones. Pero nunca debemos de olvidar que hemos elegido la música, porque es lo que nos hace felices.

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