Los viejos pianos vuelven a sonar en Barcelona

En el cambio del siglo XIX al XX existieron una serie de características comunes entre muchas ciudades europeas. Una de ellas era que casi todas las casas o incluso edificios contasen con uno o varios pianos en su interior.

Precisamente una ciudad que ejemplifica esto a la perfección es Barcelona. En el cambio de siglo, esta ciudad contó con el caldo de cultivo idóneo para que este hecho se produjese. Por un lado, la herencia o tradición social que venía marcando la burguesía a la hora de tener este instrumento como símbolo y muy presente en la vida familiar. Y por otro lado, unas calles con luthieres y fabricantes de pianos y/o piezas para pianos, editores, casas de publicación de métodos y partituras, etc. Sin duda, todo esto significó una situación idílica para cualquier amante de los pianos y/o la música. Pero, ¿qué sucede con los no pianistas o con los no músicos?

Es muy habitual ver familias con una gran tradición y herencia musical que se prolonga de generación en generación, pero también existen casos en los que el músico o pianista en concreto no tiene nadie que continúe con su legado. Y llegados a este punto ¿qué sucedería con esta herencia? ¿qué puede hacer una persona que no quiere saber nada de la música con un instrumento que le ocupa tanto espacio en casa como lo hace un piano?

Sin duda existen varias alternativas: mantenerlo como objeto decorativo, darle una segunda vida y convertirlo en algún tipo de mueble funcional, venderlo, donarlo… o incluso tirarlo/abandonarlo. Lamentablemente esta opción es considerada por más gente de la que nos gustaría a los amantes de este bellísimo instrumento.

Y precisamente ésa es la realidad que se está afrontando actualmente en Barcelona, donde la voz de alarma ha sido dada por Jaume Ayats, el director del Museu de la Música de Barcelona, al confirmar que en su ciudad, se muere al menos un piano cada semana. Conscientes de que muchos de estos pianos que se están tirando y abandonando aún servirían para ser tocados a la perfección, el Museu de la Música puso en marcha un proyecto este año (en colaboración con el ICUB, que es quien realmente financia la restauración y el traslado de los pianos), para servir de nexo de unión entre las personas particulares que se quieren deshacer de su piano, con entidades que le puedan sacar provecho al instrumento, como instituciones, centros cívicos, ludotecas, residencias geriátricas, centros de atención a discapacitados, etc.

La iniciativa está teniendo muy buena acogida pero sigue habiendo alguna traba, como la de el número de pianos que son capaces de rescatar y almacenar mientras se busca al nuevo dueño. Ahora mismo, cuentan con 70 pianos y aunque, continúan recibiendo más peticiones de recogida, no pueden recibir ninguno más hasta no dar más salida a los que ya tienen.

Entre los motivos de los propietarios que tratan de librarse de los pianos están el que nadie los quiere comprar, o que el comprador no quiere hacerse cargo de los costes del traslado, etc. Si bien es cierto que no todos estos pianos son aptos para ponerlos en el mejor teatro al servicio de los grandes pianistas, muchos de ellos sí que sirven para el estudio de jóvenes, o para animar las tardes en residencias, etc.

Las propias palabras del responsable han sido: “En el Museu de la Música tenemos 70 pianos de coleccionista, no podemos añadir más. Pero sigue llegando gente con el piano de la familia. No les dan nada si lo venden; al contrario, les cobran por retirarlo. Y mandarlo a desguazar es como enviar un recuerdo personal…».

Entre las donaciones que ya han sido realizadas hay un piano vertical de la fábrica Paul Izabal construido aproximadamente entre 1915 y 1920 en la calle Tallers de Barcelona. Estos constructores eran representantes de la firma americana Aeolian y habían abierto una sala de conciertos en el Paseo de Gràcia con su mismo nombre. El padre del donante lo comprara en la tienda en 1973, con la maquinaria ya rehecha y restaurado. Ahora en su casa ya llevaban unos 20 años sin tocarlo y ocupando un espacio en la vivienda que podría estar mejor aprovechado. Por ese motivo, y enterados de la iniciativa existente, contactaron y el Museu de la Música envió al técnico correspondiente, que confirmó que el instrumento estaba en perfecto estado. Este piano Izabal se donó a la zona del Raval, a la Agrupació Coral i Recreativa Flors de Maig, una coral casi centenaria que surgió como tantos coros de la época, como herramienta de inclusión y transformación social. Sin duda, sus actuales dueños sabrán darle una segunda vida extraordinaria al instrumento.

Imagen de un ensayo de la coral con el piano Izabal donado.

En Maldito Piano nos ha parecido una iniciativa extraordinaria, digna de ser copiada o imitada en otras ciudades ya no solo españolas, sino de todo el mundo.

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