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Verdades y mentiras detrás del «Efecto Mozart».

Seguro que alguna vez has leído que si escuchas música clásica serás más inteligente o que aumentará tu nivel de concentración ¿Te han dicho que si les pones sonatas de Mozart, tus vacas producirán más litros de leche, o tus plantas se verán más coloridas? Todo esto a algunos les parece una locura y a otros les parece una verdad científica. De hecho, existen tantos estudios a favor como en contra del ya conocido mundialmente Efecto Mozart.

¿Qué es el Efecto Mozart?

El Efecto Mozart es el nombre con el que se conocen y se engloban todas esas supuestas verdades sobre los beneficios que tiene la música clásica en general y la de Mozart en particular, en el ser humano, los animales e incluso, las plantas.

Fue a comienzos de los años 90 cuando comenzaron a aparecer publicaciones en este sentido. Había estudios científicos en los que se enumeraban los beneficios que tenía escuchar música clásica para el cerebro y las neuronas de los humanos, ya fueran adultos o niños. Los primeros estudios se centraban en los beneficios que la música clásica tenía en el desarrollo infantil y en sus procesos de aprendizaje. Poco a poco se sumaron otros para «afirmar» que incluso podía curar la depresión, que los ratones se volvían más intuitivos, o que las vacas podían producir más leche. Antes de que esto se investigase más en profundidad, la industria musical ya estaba sacando provecho y tirando de campañas de marketing, por lo que la música del famoso compositor de Salzburgo llegó a los primeros puestos en ventas. Incluso estados de EEUU comenzaron a regalar discos con música de Mozart a los padres de recién nacidos, especialmente en Texas. Escuelas y guarderías de otros estados, como Florida, ponían esta música a los niños durante al menos 30 minutos al día.

Como era de esperar, no tardaron en aparecer nuevos estudios que desmentían estas bondades mozartianas. Esto produjo una polémica que a día de hoy continúa alimentándose ya que continúan apareciendo estudios tanto a favor como en contra del Efecto Mozart.

Todo comenzó con Alfred A. Tomatis.

El 23 de mayo de 1991 salió a la luz Pourquoi Mozart, un peculiar ensayo musical del otorrinolaringólogo, psicólogo, investigador e inventor, Alfred A. Tomatis. Tomatis tiene una larga producción bibliográfica entre la que se encuentran libros como «La depresión y la música«, «Problemas de músicos«, o «El canto y los niños«.

En su ensayo, Tomatis describía cómo la música de Mozart le ayudaba en sus terapias. Incluso llegó a verla y utilizarla como una cura para la depresión. Como cabía imaginarse, las reacciones no se hicieron mucho de esperar. Así, surgieron nuevas publicaciones y estudios, de los que el más importante y que supuso todo un pistoletazo de salida para el Efecto Mozart, fue el artículo Music and spatial task performance (publicado en la revista Nature).

La aparición de nuevos estudios.

El artículo Music and spatial task performance fue escrito en conjunto por tres celebridades. El físico Gordon Shaw, la psicóloga Frances Rauscher y la profesora Catherine Ky, de la Universidad de California Irvine. Este artículo supuso la revelación de los datos sacados de un interesante experimento. En él, varios estudiantes debían realizar un test y unas pruebas de habilidad doblando y cortando papel. Lo interesante del estudio era que una parte de los estudiantes eran obligados a escuchar la Sonata para dos pianos, en re mayor, K.448 de Mozart, durante los 10 minutos anteriores a la realización del test y las pruebas. El resultado fue que los que escuchaban a Mozart obtenían mayor puntuación que los que no lo escucharan. Además, se indicaba que los efectos de la escucha de la música de Mozart duraban unos 15 minutos y luego desaparecían. Por lo que, a diferencia de lo que otros artículos del momento decían, la música de Mozart no te aumentaba el cociente intelectual ni te volvía más inteligente.

Diferentes medios del momento, más preocupados por el sensacionalismo que por la verdad, anunciaron que el Music and spatial task performance demostraba que escuchar a Mozart hacía a los niños más inteligentes, aumentaba el coeficiente intelectual de los adolescentes, y otras afirmaciones similares, que en ningún momento aparecían en el mencionado estudio. Fueran mentiras o verdades, todas ellas se usaron para grandes campañas de marketing, gracias a las cuales las discográficas aumentaron considerablemente sus beneficios. Sólo en lo que restaba de la década de los noventa, se vendieron unos dos millones de discos de música de Mozart para niños.

Todo este boom mozartiano sirvió para retroalimentar la aparición de nuevos artículos y publicaciones, muchas de ellas sin ninguna base científica. Pero no todo tenía que ser negativo, los datos fiables del estudio del 93 sirvieron para que otros estudiosos y científicos lo utilizaran como base para continuar estudiando si hay o no un auténtico Efecto Mozart. Incluso la propia Frances Rauscher volvió a trabajar en equipo con otros científicos en un nuevo estudio con ratas en lugar de estudiantes.

En este nuevo estudio, el grupo de ratas fue dividido en 4 subgrupos. Las del primero fueron sometidas a momentos de escucha de obras de Mozart, las del segundo a obras de música minimalista, las del tercero a ruido blanco y las del cuarto grupo simplemente escucharon silencio. Tras este período, pasaron 5 días recorriendo laberintos. Los resultados obtenidos mostraron que a partir del tercer día las ratas que escucharan a Mozart comenzaban a recorrer el laberinto más rápido que las demás. También cometían menos equivocaciones. Además, esta diferencia se volvía mucho más evidente conforme se acercaba el quinto día. Las conclusiones eran que al exponerse a la música de Mozart (llamada por ellos música compleja) las ratas veían incrementado el desarrollo de su capacidad espacio-temporal.

Estudios más largos

En California, en el año 2000, se presentó un estudio cuya realización había durado 3 años. En él, se seleccionaron como muestra niños y niñas de entre 3 y 6 años de edad y de varias localidades. Para las pruebas, los niños se dividían en dos grupos. Al primer grupo le asignaban más horas semanales de matemáticas y al segundo, de música. Para sorpresa de todos, los niños con más horas de música resolvieron con mejores resultados los problemas matemáticos. Con esto no admitieron que existiese el Efecto Mozart, ya que se utilizó más música que la suya, pero sí se concluyó que los alumnos que reciben más horas de matemáticas terminan aburriéndolas y cansándose con más frecuencia, por lo que el papel de la música en el desarrollo infantil y en el sistema educativo eran fundamentales.

El siguiente estudio relevante se produjo tan solo un año después, en 2001. Científicos de la Universidad de Nueva York publicaban Arousal, mood and the Mozart effect (Excitación, estado de ánimo y Efecto Mozart). En este estudio también se tenían en cuenta factores musicales como la armonía o las tonalidades en las que las obras estaban compuestas. Como base establecieron que la mayor parte de las obras compuestas por Mozart están en tonalidades en modo mayor, lo que consideran que transmite positivismo, alegría, y que mejora el estado de ánimo de las personas. Por esta razón, las obras de Mozart fueron rebautizadas como euforizantes. En el lado opuesto estaban las obras compuestas en modo menor, que sonaban lentas y tristes.

Para llevar a cabo el estudio, los sujetos eran expuestos a música euforizante de Mozart, música triste (que no era de Mozart) y silencio, mientras los científicos medían sus niveles de disfrute, excitación y estado de ánimo. Los resultados fueron que tras someterlos a unas determinadas pruebas espacio-temporales, los que habían escuchado música mostraron un mejor rendimiento. Curiosamente, de entre los que escuchaban música, al principio parecía que los que escucharan Mozart tenían mejores resultados, pero con el paso del tiempo los resultados se igualaron y el Efecto Mozart se esfumó. Su conclusión científica se redujo a que el famoso Efecto Mozart era en realidad, un producto o una consecuencia del estado de ánimo y el nivel de excitación que tenían en ese momento las personas.

Pero no todas las investigaciones fueron realizadas en Estados Unidos. En 2007 en España, y concretamente en Villanueva del Pardillo (Madrid), una explotación ganadera expuso a sus 1000 vacas a escuchar diariamente el Concierto para flauta y arpa K. 299 de Mozart y El carnaval de los animales, de Saint-Saëns. El resultado fue que el contador de recogida de leche aumentó sus cifras considerablemente. Pero los madrileños no habían sido los primeros, ya que tal y como se recoge en el libro El alma de Hegel y las vacas de Winsconsin, en la Universidad de Madison (Winsconsin) ya habían realizado el experimento años atrás con ese mismo fin. Aumentar la producción de leche de sus vacas. Los resultados fueron positivos pero en vez de achacarlos a la música de Mozart, lo justificaron a que la música mejoraba su estado anímico, y que eso era lo que realmente las hacía producir más leche (concretamente, un 7’5% más de leche). De hecho, ahora esa misma universidad está realizando un nuevo experimento en el que las vacas llevan gafas de realidad virtual para ver si con eso producen más leche. En este nuevo estudio, con VR, la primera prueba fue superada satisfactoriamente, ya que las vacas redujeron considerablemente sus niveles de estrés y por tanto, producen más leche.

En Alemania también han tenido lugar diferentes estudios sobre las verdades o mentiras del Efecto Mozart, pero centrándose en humanos. El más importante fue el realizado por un equipo de neurocientíficos, psicólogos, educadores y filósofos, todos ellos expertos en música. Lo primero que observaron en su trabajo fue que ninguno de los estudios que se habían realizado anteriormente relacionaba de forma sólida la escucha pasiva de música y el aumento de la inteligencia y subrayaron que tampoco ningún estudio había demostrado que los efectos de la música de Mozart durasen más de 15 o 20 minutos.

Donde sí afirman que hay un efecto positivo real y duradero, no es en la escucha musical, sino en la interpretación de música. La práctica musical activa sí que se relacionaba sólida y directamente con el desarrollo cerebral de los niños. Lo que no significaba que un niño pudiera convertirse en un genio por tocar música de Mozart al piano.

Investigaciones en los últimos 10 años.

En el año 2010 la Universidad de Viena realizó un estudio que partía de la investigación y revisión de 40 estudios anteriores. Curiosamente, sus conclusiones fueron las mismas que las del estudio alemán y no se podía probar que existiera ningún Efecto Mozart. Sí se aseguraba que una persona rendía más cuando tenía un estímulo, pero los resultados eran los mismos si era música de Mozart, de Herbie Hancock o de Eminem. Otros estudios de los años 2012 y 2013, como el de Jakob Pietschnig (Universidad de California), llegaron exactamente a las mismas conclusiones. Lo mismo sucede con estudios más recientes.

La verdad final.

Como has visto, no se puede probar científicamente que escuchar música de Mozart haga más listo a tu hijo, o que escuchar música clásica durante el embarazo aumente la inteligencia de tu bebé.

Pero esto tampoco significa que sea malo, así que si te relaja o te hace sentir más productivo, no lo dudes y escúchala. Al fin y al cabo, la música se utiliza para ayudar a la concentración, reducir niveles de estrés o de nervios y otros aspectos que se consideran en la Musicoterapia.

Cris Rodriguez
Pianista profesional y profesora de conservatorio. Cofundadora de Maldito Piano. Cuando mi trabajo me dá tregua, me escapo a tocar por el mundo adelante para participar en proyectos alucinantes como el Jordan Rudess KeyFest o Rockin'1000. No sé vivir sin música,así que el tiempo que me queda se lo dedico a estos tutoriales.

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