El cerebro de los pianistas

El cerebro de los pianistas

Aprender a tocar el piano modifica el cerebro. Sí, has leído bien. Puede parecer una introducción chocante, al estilo de Misterios de la Ciencia, pero es una realidad. Existen muchas razones de peso y estudios científicos que lo demuestran.

Tanto estudiar música como tocar un instrumento son actividades que requieren mucha actividad cerebral. Según los últimos resultados de pruebas y estudios científicos, el cerebro de l@s pianistas es el que más actividad cerebral presenta. Esto se debe a que mientras se toca el piano, casi todas las áreas cerebrales trabajan al mismo tiempo, especialmente la corteza auditiva, sensitiva y motora.

Todo esto provoca que existan una serie de diferencias entre la fisionomía y las capacidades cerebrales de un/a pianista y cualquier otro músico. Éstas aún son muchísimo más drásticas si se comparan con una persona que no toque ningún instrumento musical ni estudie música.

Los hechos demostrados son que la actividad pianística tiene efectos positivos sobre la corteza auditiva y por tanto, sobre el procesamiento del sonido. Sus respuestas cerebrales son mayores en diversas pruebas de reconocimiento de sonidos. Además, también se han percibido que los pianistas presentan mejores habilidades motoras, auditivas, verbales, de respuesta acústica y procesos de razonamiento. En el caso de las mejoras auditivas, cabe señalar que son unos cambios que quedarán a largo plazo, ya que personas de avanzada edad que han sido músicos no suelen presentar problemas auditivos como los no-músicos. Coloquialmente, a esto es a lo que se le denomina «poseer oídos jóvenes»

Pero las diferencias también pueden apreciarse visualmente. Gracias a una serie de pruebas como radiografías, resonancias, escáners, etc. sabemos que la estructura cerebral es diferente, ya que en el caso de los músicos, y especialmente de pianistas, el hemisferio izquierdo del cerebro es más grande que el derecho y el tracto nervioso tiene unas fibras mayores en el lado izquierdo que en el derecho. Todo esto produce además un aumento en la velocidad de comunicación entre los dos hemisferios cerebrales y una estimulación más intensa en el área donde se alojan las emociones y la memoria.

Para ser más exhaustivos, podemos señalar que las zonas más desarrolladas y cambiadas en el cerebro del pianista son el cerebelo (encargado de mover las fibras musculares de todo el cuerpo), el cuerpo calloso (el que conecta los dos hemisferios cerebrales), la cisura central (habilidad de la mano) y la materia gris (componente esencial del sistema nervioso, formada por los cuerpos neuronales y los neuropilos).

Un último estudio de la Universidad de Hong Kong, llevado a cabo con personas formadas musicalmente antes de los 12 años de edad, reveló que éstos tenían más capacidad de memorizar, especialmente palabras habladas. A su vez, el estudio demostró que estos efectos son a largo plazo y que no solo afectan a la memoria hablada, sino también a la capacidad de atención y memorización general, por lo que sus capacidades de aprendizaje se ven incrementadas.

Por otro lado, otras investigaciones como las llevadas a cabo en la universidad de Northwestern, confirman que estos cambios no se limitan al cerebro y que también afectan al sistema nervioso del/la pianista. L@s intérpretes de piano muestran mejoras en la neuroplasticidad (capacidad cerebral para cambiar y adaptarse). El entrenamiento del pianista se basa en la implantación de unos patrones significativos que luego se pueden utilizar para aprender otras materias o conceptos con procedimientos neuronales similares, como puede ser la habilidad para aprender idiomas o la capacidad lectora y la destreza matemática.

Paralelamente a este estudio de Northwestern, otros estudios centrados en los efectos que tiene el aprendizaje musical en el ámbito neuronal, demuestran que la formación musical fortalece las conexiones existentes entre las neuronas y crean unas conexiones nuevas e inexistentes en personas no-músicos, lo que a su vez, crea cambios e incrementos a largo plazo de otras áreas, especialmente en la zona superior del cerebro.

Y por si te parece poco, el doctor Krings realizó un un estudio escaneando los cerebros de pianistas mientras tocaban y pudo demostrar que mientras interpretan el piano, los cerebros de los pianistas bombean menos sangre en la región cerebral relacionada con la motricidad que el promedio de las personas no músicos. Gracias a sus estudios, también se han descubierto alteraciones en el surco central y las funciones del lóbulo frontal, que son los responsables de captar la información que procede de fuera del cuerpo y tomar decisiones, lo que es imprescindible en la resolución de problemas, los reflejos, la espontaneidad, la toma de decisiones y las actuaciones rápidas.

La doctora Pinho amplió este estudio y pudo aportar que mientras tocamos, a los pianistas se nos apaga la parte del cerebro que se encarga de dar respuestas estereotipadas y se cree que esto justifica que diferentes pianistas pueda tocar la misma pieza con sus diferencias personales o que tengan un sonido particular y un estilo interpretativo propio.

Aún hay más, en Atlanta también han demostrado que la formación pianística (especialmente por la coordinación ojo-mano, mano-mano y manos-pies) mejora el razonamiento espacio-temporal y las habilidades motrices, y que los niñ@s que reciben clases de piano puntúan más alto en las pruebas de desarrollo cognitivo. Además, estas clases también calmaban la depresión, la ansiedad y el estrés en los sujetos que se prestaron para el estudio. También se ha podido comprobar que se desarrollan y se afianzan mucho más hábitos y actitudes como la perseverancia, la constancia, la dedicación, la autosuperación, el trabajo duro y la disciplina.

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